23 febrero 08

¿A quien no le gustan los cuentos?

Hoy me he puesto a recordar los cuentos que me contaron cuando era una niña y creo que fueron herramientas fuertes a la hora de despertar sensibilidades y afectos, fueron vehículos de expresión de emociones y constructores de una conciencia que es la mia.

Los cuentos nos desvelan una realidad que no es evidente pero que es real y que no se muestra ante nuestros ojos como otra realidad cualquiera, sino que precisa de una especial atención…

Los cuentos nos ayudan a ver esa realidad que esta presente pero que pasa desapercibida… y que es una de las esencias del verdadero sentido de la vida.

Los cuentos despiertan la parte creyente y trascendental de todo ser humano y nos acercan a lo mejor de nosotros mismos y de los demás.

¿A quien no le gustan los cuentos?
Una invitación… ¿cual es tu cuento favorito?

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  1. Leí esto hace unos días y me he dado cuenta de que de pequeña no me leyeron muchos cuentos, o si así fue, no los recuerdo especialmente. Si que, de un poco más mayor, ya preadolescente, me encantaron un par de ello. Reconozco que son cursis, pero es que me impresionan, me encantan, y los tengo presentes, me vienen mucho a la cabeza. Son conocidos pero por si a caso o por “contarnolo otra vez”, ahí va uno de ellos:

    “Era un matrimonio pobre. Ella hilaba a la puerta de su choza pensando en su marido. Todo el que pasaba se quedaba prendado de la belleza de su cabello negro, largo como hebras brillantes salidas de su rueca. Él iba cada día al mercado con algunas frutas. A la sombra de un árbol, se sentaba a esperar, sujetando entre los dientes su pipa vacía. No llegaba el dinero para comprar un pellizco de tabaco.
    Se acercaba el día del aniversario de la boda y ella no cesaba de preguntarse qué podría regalar a su marido. Y, además, ¿con qué dinero? Una idea cruzó su mente. Sintió un escalofrío al pensarlo, pero, al decidirse, todo su cuerpo se estremeció de gozo; vendería su pelo para comprarle tabaco.
    Ya imaginaba a su hombre en la plaza, sentado ante sus frutas, dando largas bocanadas a su pipa: aromas de incienso y de jazmín darían al dueño del puestecillo la solemnidad y prestigio de un verdadero comerciante.
    Sólo obtuvo por su pelo unas cuantas monedas, pero eligió con cuidado el más fino estuche de tabaco. El perfume de hojas arrugadas compensaba largamente el sacrificio de su pelo.
    Al llegar la tarde, regresó el marido. Venía cantando por el camino. Traía en su mano un pequeño envoltorio: eran unos peines para su mujer, que acababa de comprar tras vender su vieja pipa… Abrazados, rieron hasta el amanecer.”

    El otro es el del/a amante que llama a la puerta del Amado. “¿Quién eres?”, le pregunta el Amado. “Soy yo.” Y la puerta no se abre.
    El Amado repite la pregunta y el/la amante sigue contestando “soy yo”. De nuevo El Amado repite la pregunta y el/la esta vez le contesta: “Soy Tú”. y la puerta se abrió.

    Y hay otro: el de una luciérnaga que no paraba de observar la belleza de todas las criatura y plantas de su entorno y se quejaba a su Madre Naturaleza por la fealdad que él sentía por si mismo, “un gusano blando y lleno de pliegues y que para colmo, por las noches,se ilumina, de manera que todos pueden ver de día y de noche, lo feo que soy”.
    Una vez (al otro lado del charco) tuve la suerte de ver lucir en la oscuridad de la noche, en un jardín de una casa, y como algo cotidiano que de vez en cuando solía ocurrir, a un grupo de luciérnagas, que se iluminaban y se apagaban; lo hacían de manera dessincronizada y azharosa. Es una preciosidad. De las cosas “cotidianas” más bonitas que he visto. El cuento, que no recuerdo como acaba, quería mostrar precisamente eso, lo desorientados que podemos llegar a vivir según una determinada percepción sobre nosotros mismos o sobre los demás. Lo engañados que podemos estar ante nuestro cuerpo, y ante nuestro interior.
    El gusano feo dejó de serlo cuando consiguió hablar con su Madre Naturaleza y le mostró como era realemente.
    Hay mucha necesidad de la Madre Naturaleza del cuento en el cuento de nuestras vidas. El relato me mantiene clavada la espina de ser como ella.

    Lucía · 28 febrero 2008, 23:45 · #

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